viernes, 12 de septiembre de 2014

Illimani purpura (Aprendiz del illimani)

–¿Y la gente le paga? –te pregunta el Benévolo ofreciéndote un vaso de singani. Después de mucho tiempo estás bebiendo en el Tranvía.

  –Le paga pues –le contestas–. Es el hombre más tramposo, mañudo y farsante que he conocido.

  –Con razón es tu maestro –tercia la Kurmi con malicia.

  En el Tranvía están el Benévolo, Jairo y la Kurmi. El resto de los navegantes está en Oruro hace varias semanas, según lo que te cuentan. La última vez que estuviste aquí fue cuando

el hombre pájaro kamikaze tuerto invocó al trolebús mágico para que escapen de la cárcel. No sabes cuánto tiempo ha pasado, y aunque te lo dijeran igual sería poco para todo lo que has vivido. Tus amigos no pueden creer que te hayas transformado en Aprendiz, el intérprete de almas.

  –Changos –les dices con el corazón en la mano–. No es que antes les mentía, porque saben que no es así. Admito que a veces narraba situaciones ficticias sin dejar en claro su exacta correspondencia con la realidad. Sé también que en muchas ocasiones he exagerado los sucesos, quizás para darles un valor adicional. Pero todo lo que les cuento es cierto. No he aumentado nada.

  –Te estoy desconociendo –te encara Jairo–. Sabes que a nosotros no nos importa que exageres las cosas. Ya lo dice la tercera regla del Tranvía: “Nada de lo que diga un navegante podrá ser tildado de dudoso.”

  –Lo sé, pero es importante para mí que entiendan que de verdad estoy viviendo esta aventura –explicas.

  La Kurmi seca su singani de un sorbo y te mira.

  –¿Dónde queda el consultorio de tu jefe? –te pregunta con mucho interés.

  –Es en Alto Pampahasi, pero también hacemos trabajos a domicilio –le respondes–. El maestro Unicósmico dice que se ha soñado con el lugar donde vive, se ha comprado el terreno y lo ha construido con sus poderes mentales.

  –Todo es posible –resuelve Jairo y vacía su vaso.

  –Todo es posible –concuerdas y haces una pausa para finiquitar tu singani–. Pero si la hubiera construido con su mente, yo creo que tendría inodoro en vez de letrina. Además todo está a medio acabar, las tuberías están a la vista, y algunas ventanas están rotas. Debo admitir, sin embargo, que el consultorio es espectacular. Parece un salón sagrado.

  –Por eso usa túnica y turbante me imagino –reflexiona el Benévolo antes de aspirar el trago que tiene en la mano.

  –Él dice que es un requisito estipulado por las leyes invisibles, así los espíritus vienen –argumentas–. Aunque creo que las leyes invisibles se las inventa él con su pandilla de estafadores. Según ellos son unos iluminados, incluso yo, muchas veces me descubro citando párrafos de su libro secreto.

  –¿Quién dicta esas leyes? – pregunta nuevamente el Benévolo.

  –Dicen que ese libro es lo único que queda de las leyes ocultas –explicas con mucha seriedad–. Las leyes ocultas estuvieron escondidas desde el principio del Universo y nunca nadie las pudo conocer en su totalidad. El mago Morgan descubrió hace unos años el escondite de estas leyes, junto al códice de Kantatayita en Tiwanaku. Solamente se han recuperado las leyes invisibles, pero para tener todas las leyes ocultas deben encontrar las leyes inaudibles, las insaboras, las incoloras y las intocables. El maestro Unicósmico y sus amigos fundaron el Círculo Astral de Legisladores Invisibles, el CALI. En el fondo no es más que una excusa para mentir y estafar a la gente. A veces andan todos juntos, vestidos con sus túnicas y turbantes, por las calles de Pampahasi. La gente los saluda, les pide consejo, les regala fruta, los nombran padrinos de bautizo, les donan plata para que sigan sirviendo a los demás. No te imaginas cómo chupan esos tipos. Cuando les toca ser padrinos les ofrecen una docena de cajas de cerveza por cabeza, y se las toman como si fuera agua.

  –¿Y tú también andas con túnica? –pregunta con malicia Jairo.

  –Es obligatorio –respondes resignado–. Pero como soy discípulo no me es permitido utilizar turbante. Así que soy el Aprendiz de la túnica azul.

  Jairo se ríe y continúa saciando su curiosidad.

  –¿Qué otros colores hay?

  –Ellos se visten de naranja. Yo no puedo usar ese color, porque soy un aprendiz –respondes.

  –¡Ay no! Medio que se te está yendo la mano con el cuento ése de hacerle mutaciones a tu vida –te reprocha la Kurmi.

  –Esas mutaciones ya se han producido. Antes me la pasaba viendo televisión y diciéndole a todo el mundo que estaba escribiendo una novela. Había días que sólo me levantaba de la cama para ir al baño –les confiesas–. Ahora me he transformado en otra persona. Temprano en la mañana limpio el consultorio, después hago las compras diarias: velas, inciensos, plumas de cóndor, alcohol, cigarros Casino. En la tarde el maestro abre el consultorio, ya que nunca despierta antes del mediodía. La gente lo busca generalmente con la ilusión de comunicarse con un ser querido que ha desencarnado. El maestro, los clientes y yo nos sentamos en una mesa redonda. Unicósmico reza, declama en un idioma que se inventa, y después supuestamente el espíritu desencarnado se monta en mí y yo cambio la voz para dirigirme a su familia.

  –¡No me digas! –te reprocha Jairo sorprendido –. O sea que esa es tu nueva vida: fingir que eres un muerto. ¿O nos quieres golear diciendo que te comunicas con el más allá?

  –¿Por qué no? –te defiendes–. Es como esto del Tranvía, si le cuentas a cualquier incauto que nos gusta beber en el desaparecido Tranvía paceño, y que lo invocamos mediante ceremonias etílicas, seguramente te van a decir que los estás goleando.

  –Es un buen punto –comenta el Benévolo.

  –No sé, mejor hagamos un brindis –propone Jairo.

  Tu vaso está vacío, así que te sirves un nuevo chuflay para brindar. Chocan las copas y con el impulso cada uno bebe hasta el fondo.

  –Lo que sí, es poco probable que las almas aparezcan para hacerle el juego al maestro Unicósmico –continúas–. A mí me presenta como el Aprendiz. Argumenta que debe dirigir el trabajo, así que no permite que los espíritus se le monten, salvo que se requiera alguna manifestación casi milagrosa. Les cuenta que soy su seguidor, que me salvó de una horda de espíritus demoníacos que querían poseer mi manchada alma, y además me curó un cáncer terminal, y por eso soy su discípulo. Cuando me necesita, yo cambio el timbre de mi voz y les digo lo que el maestro me pide.

  –¿Qué les dices? –se impacienta la Kurmi.

  –De todo–respondes–. Si viene una viuda en busca de su marido, le digo: “te extraño mucho. Te estoy esperando, pero todavía no es tu tiempo”. Si pregunta dónde está, yo respondo: “aquí nos prohíben avisarles como son las cosas. Yo sé que tú entiendes.” Para que la viuda compruebe la autenticidad de la presencia del espíritu, el maestro Unicósmico me pide que mencione algo que solamente ella sabe. Entonces yo pido disculpas a nombre del alma. Generalmente es tanta la fijación y la necesidad que tienen estas personas por comunicarse con sus seres desaparecidos que incluso una evidencia dudosa les satisface por completo. La gente queda tan agradecida con el maestro que besa sus pies. Y él es tan vanidoso que se hace una pedicura cada semana. Con el tiempo, uno aprende a representar a los muertos de acuerdo a las personas que los buscan. El maestro Unicósmico es tan hábil en el arte del engaño, que sólo le basta mirar a alguien para saber cómo es el espíritu que debe ser imitado.

  –Sabes, entiendo que haya farsantes del talante de ese maestro –te reprocha el Benévolo–. Pero, ¿qué te pasa? ¿Cómo vas a jugar así con los sentimientos de las personas?

  El comentario te duele. Tú sabes que existe una razón para proceder así. Una buena razón. Y también sabes que lo más digno que puedes hacer es callarla aunque tus propios amigos te juzguen mal. Eso es lo que hace un hombre verdadero. Por otro lado sabes que todavía no eres digno de semejante virtud.

  –No me juzguen mal –realmente no puedes aguantar que los changos del Tranvía te malinterpreten–. ¿Tú crees que yo engañaría así a la gente? A ese sinvergüenza lo he mandado al cuerno el primer día. Le dije que le iba a pagar todos sus servicios, que le estaba agradecido pero que no estaba mal de la cabeza como para ser su discípulo.

  A estas alturas han bebido más de tres botellas de singani y ustedes empiezan a tropezarse en las alfombras del tiempo. Es probable que esta parte de la noche no la recuerdes mañana. ¿Dónde se irán todos esos pensamientos que olvidas? ¿Serán como vampiros que se esconden de la luz del día? Ocultos en las palabras hasta que llega la noche y la conciencia se transforma. Como la luna de los licántropos, la sola presencia del alcohol te convierte en el recinto ritual de los pensamientos que emergen de tu interior. ¿Será por eso que tantas veces te has lanzado sobre los montones de basura acumulados en las esquinas de la ciudad, proclamándote a ti mismo como el príncipe de la basura? Es trascendental conocer la basura de la ciudad, las cosas que ya no le sirven a la gente. ¿Cuántas veces has encontrado objetos increíbles: cinturones metafísicos, indumentaria de los años ochenta, diarios de beneméritos de la guerra del Chaco, focos quemados, cartas de amor? Muchos sueñan con el futuro, y tienen la esperanza de que en el mañana la basura no tenga olor. ¿Cómo la reconoceremos? Esas proyecciones asépticas se desvanecerán como ilusiones cuando la tierra tiemble y la basura se transforme. Mientras tanto eres un navegante de pantanos.

  Una onda imantada sacude el fantasmal vehículo. El Benévolo abre la ventana del Tranvía y se pone a vomitar. Se presiente una inevitable transformación.

  –Blablejio supraye guaajaaa guajaaa –exclama el Benévolo mientras vomita.

  Jairo sale de su letargo y se levanta.

  –¿Estás bien hermano? –trata de ayudar a tu amigo–. Tenemos que hacer algo. El Tranvía está muy fuerte esta noche. Muy fuerte.

  La velocidad se incrementa. Los átomos del trolebús se alborotan generando luminosos temblores. Por la ventana reconoces lugares de la ciudad que visitabas en la infancia. Parece que de alguna manera están viajando en el tiempo. La ciudad se desviste, desprendiéndose lentamente de su coraza de ladrillo.

  –¡Estamos retrocediendo! –celebra con júbilo la Kurmi que es la única emocionada.

  Una cadena emerge del hoyo que está en el centro del pasillo, simulando el movimiento de una cobra encantada. Ustedes están sentados en círculo alrededor del hoyo. Las notas de una concertina de antaño se escuchan y elevan la percepción emocional del momento. La cadena, oxidada, no mide más de un metro de alto y se mueve hipnóticamente al compás de la música. Cuando la intensidad se acrecienta, la serpenteante leontina se multiplica en cuatro, simulando una flor habitada por cuatro hombres y una sola mujer. La luz regenera antiguas texturas del Tranvía debido a la deconstrucción arquitectónica de la ciudad que provoca en su viaje al pasado. Como provistas de una sustancia clorofílica secreta, las serpientes metálicas del Tranvía se adueñan de la energía de la luz, e inopinadamente florecen. El lugar de las flores es suplantado por unos jarros antiguos de metal. Como guiados por una voluntad que los excede, cada uno de tus compañeros agarra el jarro que le corresponde. Parece ser un requisito para continuar el viaje.

  –¡Salud! –brinda el Benévolo–. Estamos bebiendo el mítico elixir oxitócico del Tranvía, aquel que elaboraron los misteriosos centinelas de la ciudad.

  –Salud por esta gracia de nuestra madre tierra –añade Jairo.

  –De nuestra madre ciudad dirás –corrige la Kurmi.

  Los jarros chocan en el centro con tanta fuerza que generan tañidos de campanas. Sólo el aroma del elixir te devuelve instantáneamente al mundo. Tienes esa lucidez que pocas veces has sentido: la claridad del alcohol. El delirio etílico cuaja de súbito con la realidad profunda, hasta confundirse en la misma sensación. El Tranvía desaparece antes de que terminen de beber el misterioso sacramento de la ciudad. Sus paredes metálicas se esfuman. Una renovada tranquilidad los doma y arrulla por completo. Todo parece tan sencillo. Tan fácil. Sólo basta que estés aquí para confirmar el milagro ilusorio del tiempo. A tu lado, Jairo mira conmovido las palomas de la catedral. Parece que han llegado a la plaza Murillo.

  –Son las mismas del futuro, las palomas siempre estarán ahí –observa Jairo.

  Seguramente alentadas por el inesperado comentario profético, las palomas de la plaza Murillo levantan súbitos vuelos colectivos. Sin excepción todas saben el momento exacto de volar en completa sincronía, como si estuvieran conectadas al calor de su compañera. Envanecidas, realizan piruetas sincrónicas que no podrán ser conocidas por la gente del siglo 21 y se perderán en el tiempo. Jairo parece asistiendo a una función de circo.

  –Deberíamos ir a nadar al Choqueyapu –propone la Kurmi–. Debe estar limpio.

  –¿Qué año será no? –pregunta el Benévolo.

  –Mejor no saber –sentencia Jairo.

  –Yo calculo que estamos a finales de la década de los treinta –opinas con aires de especialista–. El tranvía de la línea dos, que después se ha convertido en el colectivo dos de Sopocachi, partía del montículo y llegaba a la plaza Murillo. Miren. Es ése que está llegando.

  Señalas el Tranvía maravillado. El trolebús está lleno de personajes singulares. ¿De qué conversan? ¿Qué tienen en la mente? ¿Qué tienes tú de ellos en tu mente? Te incomoda la ausencia de laderas en los cerros pelados donde se refleja la mañana. La Paz siempre fue una ciudad cuadrafónica. Los sonidos se amplifican de tal manera que muchas veces se escucha el quejido de un ser que vive al otro lado de la ciudad. Así también te comunicas. Los perros ladran a kilómetros de distancia y cualquier paceño puede escucharlos desde su casa. En este caso lo que te conmueve, lo que brinda a la urbe esa mágica textura, es el silencio. El poderoso silencio de la mañana, ya que incluso la plaza Murillo parece un asoleado jardín, un secreto carmen escondido en el centro de la silente población. El mutismo torna a los peatones que ustedes observan en seres anónimos, inaccesibles. Es la ciudad en el tiempo del Tranvía.

  –¿Por qué no le contamos a la gente lo que sucederá en el futuro? –propone el Benévolo.

  –¡Díganle que se calle a ese farsante! –grita un señor que está parado cerca de ustedes.

  Es un hombre de mirada profunda. Su rostro te es familiar.

  –No le respondas –le sugieres a tu compañero para evitar desmanes en el pasado.

  El Benévolo se levanta y se dirige hacia el viejo que lo mandó a callar.

  –Oye, hermano, no hagas zonceras –le pides. Él te mira furioso.

  –¡No hago zonceras! –grita y se pone colorado.

  El misterioso hombre ni se inmuta. Tan sólo mira como quién está mirando a una vaca pastando. El Benévolo se acerca y se sienta a un lado del viejo.

  –Señor, usted no tiene derecho a insultarme –afirma el Benévolo en tono sarcástico pero conciliador.

  –Yo no lo he vilipendiado jovencito –el viejo ni lo mira.

  –Yo vengo del futuro, así que cuide sus palabras –el Benévolo se pone pesado y quiere sacar provecho de la situación.

  –Yo vengo del futuro de tu futuro, mi querido Benévolo. Actualmente me encuentro de visita en los años 30 –todos tus amigos y tú se quedan con la boca abierta por semejante respuesta–. Más bien quería preguntarte si sigues fingiendo tus borracheras.

  Tú sabes que al Benévolo le gusta fingir que se emborracha antes de estar borracho. Nadie le cree, pero aún así siempre termina siendo un beodo y no alguien que finge estar ebrio. A ti te tomó mucho tiempo de observación el entender el comportamiento de tu amigo. Durante muchas noches, anotaste todas las variables posibles: estado de ánimo, eventos de la semana, depresión, euforia, temperatura ambiente. Al final descubriste que actuaba. Este viejo sólo con mirarlo sabe su secreto más profundo y además su nombre. El Benévolo toma conciencia de inmediato y se pone manso, como un cachorro domesticado.

  –¿Y por qué elige los años 30? –pregunta la Kurmi de manera totalmente inesperada.

  –Buena pregunta –la felicita el viejo–. Vengo a visitar los años 30 por la música más que todo. La música posterior a la guerra. Las cuecas y todo lo que provocan.

  ¿Quién será este señor? ¿Por qué te parece tan conocida su cara? Un joven se acerca totalmente borracho, tiene una mirada lúcida pero empotrada en el infinito. La presencia del viejo llama por completo su atención. Lo mira extasiado como si estuviera ante un ángel. La luz matutina de una plaza Murillo vacía y perdida en el tiempo otorga a la imagen un aura de eternidad. Tu corazón late y la sangre retorna por tus venas por obra de la poderosa fuerza imantadora del momento, como si tus latidos se generarían fuera de ti. Tus amigos también tienen el pecho desencajado.

  El viejo trata de zafarse de quien deslumbrado lo contempla. Acelera un poco el paso, pero el joven lo persigue con asombrosa destreza para el estado en el que se encuentra. De repente, de un momento para otro, el borracho se lanza en acrobacia felina, da tres volteretas en el suelo de la plaza y termina postrado de rodillas ante el viejo.

  –Don Simeón, mis respetos –el hombre agarra su mano con mucha solemnidad, parece un habitante de la luna–. Déjeme decirle que lo admiro profundamente y no me levantaré nunca de aquí.

  –Esta vez no puedo invitarle una copa, hombre –le explica don Simeón–. Podría perderme en alta mar.

  –Con todo respeto, don Simeón –replica el postrado personaje–, por lo que a mí me consta, puedo afirmar con certeza que en este momento nos encontramos en alta mar. La marea sube cada seis horas.

  Jairo se acerca, se para al lado del borracho y endereza su espalda. Firme como un soldado de plomo.

  –A mi me encantaría beber con usted –declara metiendo su cuchara –. Nunca he estado borracho en los años 30.

  –Déjeme adivinar, don Simeón –le pide el borracho–. Estos cuatro muchachos seguramente nos visitan desde el futuro. Me imagino que de aquella época anterior al gran terremoto.

  –Perdón –se disculpa el Benévolo–. Me podrían explicar qué es eso del gran terremoto.

  Entonces, como un resorte, la Kurmi se para delante del viejo y lo señala.

  –Usted es Simeón Roncal.

  –Cierto –corrobora Jairo y se postra ante el músico– Si no se la acepta a él, acépteme una copita a mí. Amo su música. Le juro que si mi alma fuera una canción, sería una de sus cuecas. Probablemente Noche Tempestuosa. En el futuro lo escuchamos en digital, pero supongo que no es lo mismo.

  –Depende. En el futuro del futuro uno puede escuchar música con el sonido ambiente que desea –afirma con contundencia el genio cochabambino–. Incluso el de la ciudad de La Paz, después de la Guerra del Chaco.

  Estás perplejo. Mucha información. ¿De qué se trata todo esto? ¿Es una simple borrachera? ¿Será un sueño?

  El borracho que está de hinojos se levanta.

  –Sabe, don Simeón. Ya estoy aburrido de estar haciendo esto siempre –se limpia con la mano derecha la solapa de su saco zurcido y con profunda decepción te mira a ti y a tus amigos–. Parecemos tarados, repitiendo y repitiendo lo mismo. Así que me voy carajo.

  El hombre de saco zurcido se aleja de la plaza renegando. El músico lo mira desaparecer en la bruma silenciosa de la ciudad.

  –Don Simeón –te diriges a la eminencia musical–. Siempre me dijeron que usted es un hombre que sabe lo que hace, así que en aras de la preservación de nuestra salud mental, le pido que nos explique un momento por qué estamos aquí.

  Don Simeón los mira como un padre tan obsesionado por el aprendizaje de sus hijos que cada cierto tiempo es sorprendido por una constatación irrefutable: tan sólo son niños.

  –Hagamos una cosa, demos una vuelta por la plaza, respiremos este aire dominguero y después les explico todo lo que quieran –los convence con una sonrisa.

  Dicho esto, don Simeón se levanta y ustedes se incorporan como un improvisado séquito tras sus pasos. Caminan un poco. El aire está inundado de aromas propios del valle alto. El maestro tiene el rostro tan resuelto que pareciera que nunca tuvo tiempo para preocupación alguna. El resto de la gente los ignora, acostumbrada como está a convivir con fantasmas. Cada uno de ustedes echa a andar un laberinto interior que inflama el tiempo en medidas desproporcionadas. Con cada paso que dan, brota una infinidad de preguntas de algún punto ciego del alma. Es que mantener la calma después de viajar en el tiempo no es pan comido.

  –¿Conocen las cuatro estatuas de la plaza Murillo? –pregunta don Simeón de buenas a primeras.

  –Si, son las cuatro estaciones –responde Jairo, que siempre se jacta de su conocimiento de las plazas de la ciudad.

  Llegan hasta la primera estatua.

  –¿Y qué estación representa esta? –pregunta la Kurmi señalando la estatua de un hombre que está en un cerro delirando junto a su perro.

  –Supongo que otoño –responde Jairo como quién responde cualquier cosa–. Aunque aquí en La Paz, los cambios de estación no son muy marcados.

  –¿Es algún misionero extraviado? –pregunta el Benévolo al maestro.

  –¡No digas zonceras, bellaco insolente! –se enoja don Simeón–. Esta estatua es un homenaje a la locura. Lamentablemente ustedes sólo han conocido las burlescas imitaciones que existen en su tiempo. Con razón piensan que son las cuatro estaciones. ¡Dios mío, qué diablos hemos hecho con la ciudad!

  –Nuestros brillantes alcaldes pues –aprovecha para quejarse la Kurmi, a quién no le simpatizan los burgomaestres del futuro.

  Los destellos del sol dan vida a la extraña estatua. El hombre esculpido delira, hablando de velas y barcos. Su perro ladra furioso. Don Simeón no presta mucha importancia al suceso y camina hacia la siguiente estatua, la cual representa a un hombre que está de pie con la mirada puesta en los linderos infinitos. Tiene un traje fabricado con vidrios de botellas vacías y una sobaquera de plata en la mano derecha.

  –El borracho –informa el Mariscal de la Cueca.

  Inesperados rayos se reflejan en el rostro de la estatua. Te giras, y no encuentras indicio alguno que señale una tormenta. Y a pesar de que su rostro refusila, su mirada se mantiene inmutable, como la de quien cumple con una misión.

  –Oigan changos, vengan a ver esta –propone el Benévolo desde el otro lado de la plaza.

  Es la efigie de un hombre que está orando frente a una apacheta que mide más de cincuenta metros. Son piedras apiladas en forma de pirámide.

  –Es el santo, ¿no ve don Simeón? –pregunta el Benévolo con el tonito que ponen los arqueólogos cuando descubren algo importante.

  –No, waway –corrige don Simeón–. Es la estatua del místico.

  Azorados, tus amigos y tú se paran frente a la efigie. La luz plena de la montaña al reflejarse en el límpido metal pule la escultura hasta convertirla por momentos en un gigantesco bloque transparente. Respiras y, cuando retienes el aire, la estatua desaparece por completo, una vez que exhalas se materializa nuevamente. Los instantes en que la talla se borra del mapa, se hace visible una hendidura en medio de las construcciones coloniales de la plaza Murillo y el Illimani se hace visible.

  –Con esta estatua se mira al Illimani a través de la materia –explica don Simeón.

  –Esto está mucho mejor que esa huevada de la primavera –afirma Jairo.

  –¿Estará rezando en aymara? –te preguntas.

  –Es un yatiri –afirma la Kurmi.

  –¡Miren ésta! –grita nuevamente el Benévolo desde la otra esquina de la plaza.

  –Su amiguito ya me está cansando –se queja don Simeón.

  Sin embargo tú entiendes muy bien al Benévolo, después de todo no es pues cualquier día el que uno tiene la oportunidad de apreciar estas magníficas estatuas. Está tan emocionado como un niño o un cachorro, que con poco son felices y ante semejante maravilla son totalmente dichosos. La última estatua representa a un hombre que tiene un abrigo largo y cara de mañudo.

  –¿Y éste quién es? –pregunta la Kurmi interesada.

  De pronto, y sin que ninguno de ustedes lo perciba con claridad, la estatua se transforma. El hombre de abrigo largo y cara de mañudo se saca su disfraz, y es un barbudo de turbante, el barbudo de turbante se saca su disfraz, es un profeta narigón, el profeta narigón es una gordita con la cara pintada, la gordita con la cara pintada es un mago bigotudo, el mago bigotudo es un adiestrador de palomas con peinado de cepillo, el adiestrador de palomas con peinado de cepillo es una actriz callejera de baja estatura, la actriz callejera de baja estatura se saca su disfraz y en verdad es una estatua de un hombre con abrigo largo y cara de mañudo.

  –¿El pajpaku? –pregunta Jairo.

  –El mismo –confirma don Simeón–. En cualquiera de sus múltiples versiones.

  –En el futuro, hasta fingen ser adivinos –acota la Kurmi.

  –Ayy hija, si supieras lo que son en el futuro del futuro –alerta con tristeza don Simeón.

  El maestro los guía. Debe ser de las pocas veces en que ustedes coinciden en la misma acción: obedecer ciegamente al autor de la cueca Soledad. El músico los conduce a los pies de la estatua de Pedro Murillo. Es la misma que conocen en el futuro.

  –Pero ¿acaso habían pajpakus en los años 30? –preguntas todavía hipnotizado por la última estatua.

  Don Simeón te mira, mostrándote la palma de su mano derecha como pidiéndote que cierres el hocico. Instantáneamente te callas, flanqueado por las reprobadoras miradas de tus compañeros. Es más, si piensas mejor, hace rato que ustedes han entrado en esa odiosa lógica de censurar con la mirada a cualquiera que contradiga en algo la voluntad del músico.

  El maestro parece estar en pleno viaje a la luna. Cierra sus ojos como quién quiere palpar la presencia de un inmenso amarro de hierbas y curva los labios dispuesto a silbar. Es la Huérfana Virginia, una de sus grandes composiciones. De repente, con contagiosa espontaneidad, ustedes silban también. De un momento para el otro se suman los ciudadanos que están en la plaza y sus alrededores, dando cuerpo a la nostálgica canción. Dos minutos después todos los ciudadanos están silbando la descomunal melodía. La urbe andina se transforma en la garganta de un pájaro nostálgico que canta y conjura a las piedras para que hagan llover. El cielo se oscurece y una espesa nube negra cubre por completo la celeste cúpula. La figura de Pedro Murillo es arrebatada del centro de la plaza por una violenta ráfaga de viento que se la lleva muy lejos al compás de la quimba de la monumental pieza musical. En su lugar aparece una enorme estatua del Señor de los Tres Rostros. Cada uno de sus rostros clava la mirada en diferentes montañas sagradas de la cordillera. El silbido general se acrecienta y adquiere una textura auditiva distinta, espesa, llena de gamas, como si cada pequeña nota podría traducirse en cientos de arcoíris. Don Simeón, muy concentrado, se para frente a la estatua, levanta los brazos y sin perder el aliento que mantiene hace varios minutos, magistralmente cambia de tonada y empieza a silbar Nevando está en homenaje al maestro Adrián Patiño. La nieve cubre por completo la plaza, las casas y los cerros pelados de la ladera. Y la triste tonada general se siente en la médula de los huesos, como si estos fueran huecos por dentro y se convirtieran en potentes caños de la misma zampoña. La resolana que cubre la nevada estatua, hace que sea imposible que observes la transformación que se está llevando a cabo en el kilómetro cero del país. Las nubes se desvanecen instantáneamente y cuando el manto blanco se evapora, observas que el lugar del Señor de los Tres Rostros está ocupado por una niña de mirada dulce y pollera verde marina, con múltiples trenzas y hermosos ojos negros, que se empurpurecen un instante.

  –¡Eso es! –confirma don Simeón–. ¿Han visto que todo se ha vuelto púrpura?

  Como una caravana fantasma, a tu lado una escuadra de mamitas con polleras púrpuras se convierte en pájaros y vuelan alrededor de la estatua. Un portal, similar al que en el nacimiento separa la vida y la muerte, se instala en su núcleo. Las aves de colores, aún más impactantes que las extrañas aves del paraíso del océano Pacífico, se transfiguran y desaparecen por completo, sin dejar rastro. La efigie nuevamente representa a Pedro Domingo Murillo, que como alguna vez te dijo alguno de tus amigos, más que un prócer parece un torero.

  –Bravísimo –aplaude entusiasmado don Simeón–. Esto es magia paceña pura.

  Ustedes están aturdidos y absortos. Más allá de haber sido testigos de semejantes maniobras del mundo, lo que les impacta de sobremanera, en especial a ti, es la cruenta certeza de que toda tu vida has vivido en una estúpida cápsula. Nunca fuiste más lejos por no perder la razón. Todas las puertas estaban a la vista, y ni siquiera la deslumbrante aparición del Tranvía te avispó. ¿Qué esperabas? Tanta televisión te ha embotado los sentidos. Hace tiempo que percibes la realidad a través de muñones. Has estado mirando el río desde la orilla equivocada. Sabes que si te pierdes en la innombrable selva debes buscar un río y seguir su cauce. Ésa es la única forma de salir que conoces. ¿Y el resto de la selva qué? ¿Será que no puedes abrir un sendero para ti? ¿Uno que te saque de la maraña por tu propia cuenta?

  –No nos queda mucho tiempo –advierte imperativamente el autor de El Olvido–. ¡Síganme!

  Con notoria agilidad, don Simeón da tres brincos largos, de más de cinco metros cada uno, y se sube al vuelo al Tranvía que está partiendo en ese momento de la plaza Murillo. Sin pensarlo dos veces, ustedes corren como rateros tras el vehículo. Jairo es el primero que sube, pues siempre hizo gala de ser un connotado velocista. El Benévolo en cambio logra entrar al trolebús recién después del tercer intento; naturalmente esto lo deja policontuso. La Kurmi y tú tienen un poco más de dificultad para lograr su cometido, por lo que se ven forzados a perseguir la fantasmal movilidad por más de tres cuadras, hasta que finalmente con ayuda del Benévolo y de Jairo logran incorporarse.

  El Tranvía no tiene pasajeros. Tampoco conductor. Don Simeón está parado en el fondo del pasillo con una sonrisa de ceja a oreja.

  –Bueno muchachos, es hora de que escuchen bien lo que les voy a decir aunque como todas las anteriores veces no recordarán nada cuando retornen a su tiempo –el prócer de la cueca les habla en un tono misterioso, mientras el Tranvía recorre parsimoniosamente la maravillosa ciudad.

  –¿De qué anteriores veces está hablando, don Simeón? –pregunta el desconcertado Benévolo.

  –Todo está relacionado con la forma en que llegaron aquí –continúa Roncal–. El funcionamiento del Tranvía mágico es sencillo y a la vez muy difícil de entender, basta con decirles que para llegar aquí ustedes tuvieron que emborracharse escandalosamente. Solamente adormeciendo con el alcohol su cuerpo futuro es que su conciencia puede viajar al pasado. Es decir en este momento ustedes están sobrios y lúcidos, únicamente porque han perdido el hilo que los une a su propia percepción. Una vez que termine este viaje, retornarán a sus cuerpos del futuro y no recordarán nada de lo que sucedió aquí.

  Jairo inmediatamente anota unas palabras en su mano.

  –Es inútil Jairo, así te tatúes la información que te estoy brindando, en tu cuerpo futuro desaparecerá cualquier marca, así que más vale que me presten mucha atención, por lo menos para grabar algo de lo que estamos hablando en el profundo pozo de la inconsciencia –don Simeón los mira como si les pidiera que entiendan todos los datos implícitos que les está brindando–, por eso les digo que esto sucedió muchas veces, incluso perdí la cuenta, aunque en ciertos meandros del infinito espiral de los siglos el tiempo no tiene medida, por lo que no se puede determinar con claridad cuántas veces sucedió esto. Si recuerdan, aquel borracho que me quería invitar a beber a toda costa, estaba cansado de repetir la misma acción. A cualquiera le cansa. La cosa siempre sucede igual, ustedes llegan, a veces no los mismos, a veces vienen otros amigos suyos. Bueno, llegan y yo los espero sentado en la plaza Murillo, conversamos un poco, ese hombre se arrodilla, les enseño los monumentos de la ciudad, para después subirnos juntos a este Tranvía y explicarles lo que ahora les estoy explicando.

  –¿Y don Simeón, más o menos cuántas veces ha sucedido esto? –preguntas un poco angustiado por el panorama descrito por el músico.

  –La pregunta debería ser: ¿cuántas veces se les ha borrado la película bebiendo en el Tranvía? –les rebota la interrogante.

  Ustedes se miran desconcertados. Haciendo cálculos, conocen el Tranvía hace más de cinco años. Si supones que bebieron en él un promedio de tres veces por semana, algunas semanas bebieron todos los días y otras solamente los domingos, se podría decir que dos de las tres veces la pérdida de conciencia fue general. Son cinco años por las cincuenta y dos semanas de cada uno de ellos, se hace un total de doscientas sesenta semanas, multiplicado por dos, que es el promedio de los días que perdieron la conciencia, aproximadamente sale quinientos veinte. ¡Quinientas veinte veces su conciencia viajó al pasado a visitar al maestro de la cueca!

  –Calculo que unas quinientas veinte veces –confías en la precisión de tus cálculos

  –Legalmente con hoy son quinientas veintinueve veces que sucede lo mismo –sentencia don Simeón.

  –¿Y por qué es tan importante que se repita? –pregunta con mucha curiosidad la Kurmi.

  –Por el Illimani Púrpura –responde rotundamente el maestro.

  –Y dale con eso. Me están rayando la cuca con tanto Illimani Púrpura –se queja el Benévolo.

  –Es mucho más importante de lo que tú crees –explica don Simeón–. El problema es que no podrían entenderlo por completo si es que no conocen el futuro del futuro. En este tiempo como en el de ustedes decir Illimani Púrpura no tiene ningún sentido, quizás a alguien le suene bonito, pero hasta ahí nomás. Sin embargo, el mundo de dónde yo vengo no puede entenderse sin ese fenómeno, tan crucial y determinante, e incluso se podría afirmar que todo gira a su alrededor.

  Lo miran con total desconcierto. El maestro musical se da cuenta, pero les ha contado esta historia tantas veces que pareciera que asume que ustedes saben muy bien de lo que habla. No es así, pues no entienden nada.

  –Se fijaron cuando la plaza se puso púrpura, ésa es una característica muy profunda de la realidad que puede ser atisbada en ciertos momentos y que resaltará cada vez más con el paso de los siglos, en mi tiempo, la mayor eminencia en cuanto al estudio del cosmos es el doctor Desidias Ramelov Ubiyuni, él fue el primer hombre del planeta que lo entendió. Sin embargo es necesario que ustedes me ayuden… –el Tranvía se descarrila y se sacude con violencia: es hora de regresar. Sus cuerpos del futuro están recuperando la conciencia. Don Simeón se pierde en la bruma y tu memoria también.

  Sientes un doloroso palazo en la espalda.

  ¿Otra vez saliste a beber anoche? –te despierta enfurecido el maestro Lucas Unicósmico–. ¡Levántate, Aprendiz!

  El arrebato te enerva y la insolencia del supuesto gurú te saca de las casillas.

  –Sí, anoche estaba en el Tranvía compartiendo con mis amigos –le respondes–. Cómo tantas veces hace usted con sus amigos.

  –Aprendiz, Aprendiz, ¿cuándo aprenderás? –te increpa y después te da un latigazo con su vara de bambú–. Ellos no son mis amigos, son los miembros del CALI. Cuando bebemos estudiamos la conciencia colectiva. Finalmente yo puedo beber porque soy el maestro y tú el aprendiz. Ahora levántate.

  No te queda otra que hacer caso y salir tras él. Unicósmico camina rápidamente, a pasos cortos, pues su túnica está un poco apretada. Tú te arrastras con los ojos llenos de lagañas, como un caimán que busca la luz del sol. ¿Recuerdas algo de anoche? Estabas contando las historias de tu gurú y de pronto se veló el rollo una vez más. Ahora el maestro Lucas Unicósmico te espera en una piedra al borde del cerro de su casa. Desde aquel sitio el maestro te muestra cada tarde la misma imagen: la relación entre el Mururata y el Illimani.

  –Aprendiz. Describime la interpretación simbólica metafísica de la mirada del Mururata al Illimani –te ordena tu gurú.

  –El Mururata desea transformarse en el Illimani, para hacerlo se corta la cabeza en señal de victoria sobre el ego que lo aprisiona y detiene su transformación –describes la escena de memoria porque sabes que de ese modo el maestro te dejará dormir un rato más.

  –Muy bien, muy bien, Aprendiz –te mira complacido–. Ahora dime ¿quién es el aprendiz?

  –El Mururata –respondes con momentánea convicción.

  –Es decir tú, y yo soy el Illimani –se engolosina con sus pretensiosas palabras–. El Illimani soy yo.

  La comparación te molesta profundamente por lo que descartas de inmediato volver a dormir. Sabes que cuando contradices a tu gurú tienes que escuchar estoicamente todos los argumentos que despliega para convencerte.

  –Puedo aceptar que soy su aprendiz porque soy nomás, pero usted maestro no llega ni a los talones del Illimani –le contradices–. Si él brilla es porque irradia una fuerza espiritual muy distinta a la confusa vibración que usted desprende.

  El maestro te mira compasivamente y sonríe.

  –Si no soy el Illimani cómo puedo saber que estás muerto –te responde firmemente–. O que dos veces te he mandado mensajes telepáticos. O que te he teletransportado para que llegues aquí y me veas empurpurecerme. Tú sabes que como Illimani tengo el poder de incorporarme y servirme de la voluntad de cualquier conciencia para caminar por la ciudad.

  La respuesta te maravilla. ¿Será que alguna vez el nevado estuvo dentro de ti? ¿Será que el Illimani está dentro de Unicósmico?

  –¿Y siempre estás aquí o solamente en este momento? –preguntas con cierta inocencia.

  El Maestro mueve la cabeza con reprobación.

  –Parece que no escuchas nada de lo que digo –te increpa enigmáticamente, mientras el sol brilla en medio del cielo, alumbrando las dos montañas.

Fotografía: Stif Williams Pizarro Estrada
Autor: Juan Pablo Piñeiro

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