Es hermoso mirar al cielo y ver como las aves migratorias vuelan
libres sin ser entorpecidas por ningún tipo de barrera. Van de un lado
para otro surcando océanos y continentes enteros y nada ni nadie las ha
detenido en miles de años. Esa es la razón por la que las cosas se
mueven. La sencillez de un vuelo mágico, de un torbellino de vida que va
y viene y sobrevive a lo funesto. Siendo humanos hemos tenido la
facilidad de desvirtuar las cosas, o de sofisticarlas de tal modo que
hemos creado un mundo plagado de barreras, de símbolos, de
clasificaciones, de metáforas que pretenden, quizás de forma camuflada,
someternos unos a otros, olvidando el simple y llano vuelo libre.
Pero hay un rocío que sobrevive todas las mañanas. Una rosa que se
levanta complaciente. Un río que sigue su curso y un ave que canta antes
de que las primeras luces empiecen a empañar la oscuridad de
brillantez. El alba anuncia el enigma del matiz, la sutileza que perdura
en todas las vidas, la grandeza que a través del tiempo sin tiempo
perdura en cada mudanza. Pero sin duda hay algo que no muda, que nos
trasciende y
permanece en la quietud de lo eterno. Algo que atraviesa el amor por las cosas bellas y que nos permite comprender las cosas desde su eternidad, es decir, desde su matiz divino. Cada arte, cada artesano, cada místico, cada ciencia, cada poeta y cada hechicero ha querido encontrar ese sentido de eternidad. Y al descubrirlo comprende la grandeza del secreto de vivir para la especie, para los demás, para la entrega consciente de todo aquello que está fuera y dentro de nosotros.
permanece en la quietud de lo eterno. Algo que atraviesa el amor por las cosas bellas y que nos permite comprender las cosas desde su eternidad, es decir, desde su matiz divino. Cada arte, cada artesano, cada místico, cada ciencia, cada poeta y cada hechicero ha querido encontrar ese sentido de eternidad. Y al descubrirlo comprende la grandeza del secreto de vivir para la especie, para los demás, para la entrega consciente de todo aquello que está fuera y dentro de nosotros.
Nuestro sentido no es vivir para nosotros mismos. Somos solo un
acorde que se escapa de la música vital. Y vuelve, una y otra vez para
reencontrarse con el sentido de amar a todas las cosas, de sentirlas
unidas y fusionadas en los arquetipos que crearon el movimiento y la
trascendencia. No hay fronteras que nos separan, excepto la de la
ceguera de no ver en la perpetuidad el sentido unido de todas las cosas.
¿Acaso la noche se separa del día? No, danzan unidas en un eterno
coqueteo de invisibles formas.
Fotografía: Stif Williams Pizarro Estrada
Lugar y Fecha: Isla de la Luna, 4 de Diciembre de 2013.
Fotografía: Stif Williams Pizarro Estrada
Lugar y Fecha: Isla de la Luna, 4 de Diciembre de 2013.
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